La angustia de Raquel Carballo, madre de dos hijos con parálisis cerebral, ha llegado a un punto crítico. Sus hijos gemelos, de 21 años, residen en el centro para personas con discapacidad de San José de Las Longueras en Telde, a treinta kilómetros de su hogar. Anoche, uno de ellos sufrió un accidente en la ducha y tuvo que ser trasladado a urgencias, iniciando una odisea de largas horas hasta regresar a la residencia.
«El niño llegó sobre las diez de la noche al hospital, esperamos dos horas por una ambulancia que se llevó a mi hijo a las tres de la mañana a la residencia. Yo me fui en taxi a mi casa porque la residencia está a treinta kilómetros y no tengo forma de llegar ni de volver a casa de madrugada», lamenta Raquel.
Raquel lleva tres años y tres meses pidiendo el traslado de sus hijos a un centro más cercano, pero sus solicitudes no han sido concedidas. La distancia y la falta de recursos económicos hacen que cada visita sea una odisea. «Para ver a mis hijos tengo que ir a Telde combinando varias guaguas o pagando un taxi que no puedo costear», explica con desesperación.
Los gemelos nacieron muy prematuros y requieren cuidados constantes. Uno de ellos utiliza una silla de ruedas que cuesta más de 7.000 euros, lo que añade una carga adicional a la ya complicada situación de la familia.
La situación de Raquel es insostenible. No tiene carné de conducir por lo que debe recorrer largas distancias en transporte público para visitar a sus hijos. Para llevarlos a su casa, debe solicitar un servicio de transporte con varios días de antelación y organizarse con el cuidado de su tercera hija, que estudia en un colegio de educación primaria.
En Las Palmas de Gran Canaria solo existe un centro especializado capaz de atender las necesidades específicas de los hijos de Raquel. Sin embargo, hay una larga lista de espera y la construcción de un nuevo centro en el barrio de Tamaraceite avanza lentamente. Según el ejecutivo insular, en tres años y medio no han salido dos plazas juntas para trasladar a los jóvenes.
Raquel sigue esperando una solución que le permita estar más cerca de sus hijos y mejorar la calidad de vida de su familia. «No puedo más», concluye con un grito de desesperación que espera ser escuchado por las autoridades.