Víctimas de segunda

Víctimas de segunda

Opinión

La violencia machista ha asesinado a 899 mujeres desde 2003. La cifra pone los pelos de punta. No puede haber dudas de que estamos ante la mayor lacra social de nuestro tiempo. Un auténtico terrorismo que ataca cada día al pilar fundamental de toda sociedad: la dignidad. Pero los números no son justos. Detrás de los datos hay muchas historias personales que merecen ser contadas. Relatos de heroínas que soportan cada día el martillo de la humillación y que se enfrentan solas a un sistema que hace aguas. Si hay una cosa que demuestran las estadísticas es que estamos fallando. Y eso nos incluye a todos.

La semana pasada leía asombrado una noticia que publicaba la prensa local. Dionisio, el hombre que estranguló hace un año a su pareja hasta la muerte en la Cuesta de Piedra, en la capital tinerfeña, ha sido condenado a 12 años de cárcel. La pena, que ha sido atenuada por la confesión del considerado homicida, es totalmente desproporcionada con el hecho en sí: asesinar a su mujer. Y este, tal vez, sea el problema más visible. Una lacra que se ha cobrado la vida de casi un millar de persona en 14 años necesita de penas más duras en el Código Penal.

Pero endurecer las penas, aunque necesario, no resuelve un problema que está inyectado en la raíz del machismo, único culpable del peligro constante en el que viven las mujeres. Por eso hay que apelar a la educación. Esto es algo que escuchamos todos los días y no deja de ser cierto. O educamos a las generaciones futuras en la igualdad o esta batalla siempre la vamos a perder. Esto a su vez genera un conflicto que urge resolver. Mientras se lucha por cambiar la conciencia social, es igualmente obligado dedicar todos los esfuerzos posibles a minimizar los daños. El sistema tiene que funcionar de manera que la tendencia que marcan las cifras se reduzca al mínimo posible. Pero la realidad es cruel, y lo cierto es que estamos ante el principal fracaso de todos los que cargamos con una parte de la responsabilidad de luchar contra el machismo. Marina fue una víctima de segunda. La violencia de género no deja de ser un espejo de la sociedad que tenemos y, como en todo, existen desigualdades. Obviamente, no hay diferencias a la hora de condenar los asesinatos. Todos son igual de horribles, pero la realidad demuestra que el sistema no logra atajar de la misma manera los incontables casos de violencia machista que existen. Las mujeres que viven en situación de extrema vulnerabilidad tienen menos opciones de ser rescatadas. Es duro decirlo, pero la falta de recursos ahoga mucho más la agonía de tantas víctimas excluidas del modelo social establecido.

El sistema y todos sus actores cojean demasiado cuando se trata de atender a las personas más necesitadas. Mujeres que crecen en familias desestructuradas, en ambientes vinculados con la toxicomanía, con bajos niveles formativos provocados por las barreras sociales a las que se enfrentan; historias que cada día se repiten en muchos barrios golpeados por la pobreza. Son víctimas de segunda porque, como ocurre en el resto de ámbitos de sus vidas, tienen menos oportunidades para sobrevivir con dignidad. Son casos que saturan los servicios sociales de los ayuntamientos, que también se enfrentan a la precariedad de sus recursos. Esto provoca fallos importantes en la atención y en la vigilancia de las víctimas, lo que suele tener consecuencias.

Muchas mujeres sufren un aislamiento incluso por parte de sus familiares. Son casos en los que la dependencia hacia el maltratador se hace más fuerte. En hogares empobrecidos, la sumisión económica de las víctimas es mayor. Cuando de por medio aparecen las drogas, las mujeres quedan completamente supeditadas a su pareja. Es fundamental que seamos conscientes de esta realidad para que podamos entender el motivo que lleva a tantas y tantas víctimas a soportar la humillación constante de la persona con la que conviven. Están atadas por unos lazos que pueden llegar a apretar mucho más que todo el dolor del maltrato.

El triste ejemplo de Marina pone de manifiesto el enorme agujero por el que se pierde gran parte de la dignidad del sistema actual. Con una fuerte dependencia de su marido, la enésima víctima del machismo tenía dos hijos que también son víctimas. Uno fue dado en adopción y el otro se encuentra en acogimiento familiar. Es el cuadro de muchas mujeres acostumbradas a malvivir en un infierno constante. Sus casos están identificados. Existen expedientes donde se relata su amarga realidad. Pero el sistema no consigue protegerlas.

El asesino de Marina ya intentó quitarle la vida en el pasado con un martillo. Fue condenado a tres años y medio de cárcel, otra prueba más de la fragilidad del Código Penal. A su salida de prisión volvieron a retomar la convivencia. La sumisión que provoca la dependencia convierte en ridícula cualquier explicación que se busque desde el sentido común. Las víctimas pueden elegir compartir mesa con un maltratador, pero el sistema tiene que impedírselo.

Son demasiados los asesinos que llevan a cabo sus crímenes con una orden de alejamiento en el bolsillo. Como Dionisio. La Fiscalía tenía que haber vigilado su paradero y la Policía tenía que haber sido informada. Los agentes fueron varias veces al domicilio de la víctima, donde las peleas eran continuas. Casi todos los días. Llegaban allí, ponían paz y se iban. Si no hay denuncia, si no se ve lo que pasa dentro de las cuatro paredes, poco más pueden hacer. Si esos policías que tantas veces fueron a casa de Marina hubieran conocido la orden de alejamiento, Dionisio hubiera sido detenido y alejado de la víctima. Pero el sistema falló. Otra vez.

Son demasiados los casos de mujeres que esperan a ser asesinadas sin que nada lo remedie. Están ahí, aguardando a que alguien se acuerde de ellas. Necesitamos más recursos para acabar con una lacra que mata más que cualquier terrorismo. Las administraciones, la Justicia, los medios de comunicación, la sociedad? Es hora de que empecemos a tomarnos esto con la responsabilidad que merece. No queremos víctimas de primera ni víctimas de segunda porque, sencillamente, no queremos más víctimas del machismo.

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